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El último paso

Publicado en Actualidad Nacional 15 de Febrero de 2011

El capitalismo ha aprendido de la historia y busca por métodos “sutiles” asentar la sociedad contemporánea en parámetros fascistas, implicando a todos los elementos que conforman la democracia burguesa. Podría aducirse de este aserto que es una exageración torpe de los rojos. Hasta ahora la propaganda burguesa ha divulgado la creencia de que los comunistas tenemos una visión extrema de la política, en la que todo el que defiende este tipo de sistema político y económico es, sin más remedio, fascista.

 

 En tiempos pasados, la línea divisoria entre democracia burguesa y fascismo se manifestaba en un horizonte visible y tangible. Los partidos ultraderechistas, con sus símbolos característicos, se distinguían de todos los demás, para bien de los demócratas, que podían, con el argumento incontestable de combatir al enemigo común, crear amplias y sólidas alianzas en pos de la libertad y de los derechos humanos. Hoy no es posible algo parecido porque, aunque resulte doloroso, demócratas y fascistas, sobre la base de políticas totalitarias, han desbordado el diferencial para unirse con el objetivo de preservar el capitalismo de su desaparición. Para ellos, los términos “derechos” y “libertades” alcanzan nuevas dimensiones.

 Los españoles tenemos tan fresca la memoria del pasado franquista como para no darnos cuenta de que las fuerzas vivas del régimen anterior han triunfado. Parece un sueño pero es una realidad. El viejo y fallido proyecto franquista de instituir la democracia orgánica, es decir, un sistema “parlamentario” en el que sólo podían concurrir a las elecciones los partidos adlátere de la dictadura, se está transformando en una realidad incuestionable después de 34 años de haber desaparecido su progenitor. ¿Quién se aventura hoy a cuestionar la famosa frase atribuida al dictador: todo está atado y bien atado?

La Constitución de 1978 plantó la raíz del nuevo fascismo, prolongación del anterior. Monarquía, ejército, bandera e himno, insignias y baluarte del mismo, no sólo no fueron eliminadas; por el contrario, se confirmaron con el apoyo vehemente de los PSOE, PCE y sus correas de transmisión UGT y CC.OO, así como con el de los partidos nacionalistas.

 Una vez echados los cimientos, se procedió a la construcción del edificio, con el tiempo suficiente para enervar el espíritu combativo del movimiento obrero, que había sido el principal obstáculo para llevar a cabo en la etapa pasada la deseada “democracia orgánica”, dado que con su lucha podía poner en peligro la propia existencia del capitalismo. Una reconversión monstruosa como la que llevó a cabo el gobierno de Felipe González, el endurecimiento de las condiciones para obtener el subsidio del paro, la creación y extensión del trabajo precario a tiempo parcial, la minoración de las pensiones y otras violaciones de los derechos de los trabajadores, de haberse impuesto durante el fascismo, con el pueblo en la calle, se podrían haber convertido en el mejor estímulo para las luchas de los trabajadores contra unas estructuras capitalistas muy debilitadas. Pero el pacto traicionero contemplaba la desmovilización de los trabajadores, distorsionando primero y aniquilando después la organización creada por la clase obrera, CC.OO. y por supuesto, la sumisión de los grandes partidos de izquierda, que se hizo sin el menor asomo de pudor por parte de sus dirigentes.

 Luego, al correr del tiempo, todas las exigencias de la burguesía en el periodo de transición se han ido perfeccionando y aumentando como era pensable y correspondía, pues a tales estructuras, tales símbolos y tales contenidos. Al correr del tiempo también, todas las exigencias claves de la burguesía han sido aceptadas por los partidos parlamentarios.

  Las semejanzas entre el ayer y el hoy  son totales: Los símbolos fascistas continúan en vigor, se persiguen a los antifascistas, se encarcelan a comunistas, la policía reprime las manifestaciones de los trabajadores. Aunque no todos los factores son equivalentes, pues se ha retrocedido por debajo de la época franquista en el tiempo y cuantía del subsidio del desempleo, en las condiciones para acceder al derecho de huelga, tiempo de duración de las hipotecas, en la catalogación del despido, actualmente libre y más barato, en el agravamiento de las premisas para la jubilación de 8 a 25 años etc.

 ¿Qué elementos nos quedan que puedan marcar las distancias entre el fascismo y la “democracia”? Las elecciones al parlamento y el derecho a la sindicación y a la huelga de los trabajadores. Sin embargo la existencia de un parlamento y la concurrencia de partidos conforman el mayor de los engaños, porque todos han sido cómplices de la transición triunfal de los fascistas. Repetimos: a la vez que han aceptado la simbología franquista han sido artífices de la recuperación de una burguesía ultraderechista. En pocas palabras: se ha cumplido el gran sueño, la democracia orgánica.

 Sólo quedan por aplicar dos medidas para completar la obra: derogar el derecho a la sindicación y a la huelga económica de los trabajadores (la política y la solidaria están prohibidas). En la eliminación del derecho a la sindicación han dado un paso definitivo los grandes sindicatos, de los que no cabe duda de que son instituciones estatales, arropadas y subvencionadas por el Estado por su labor traicionera, que les convierten en trasunto del antiguo sindicalismo vertical.

Pero la próxima medida en proyecto va a surtir el mismo efecto que podría producir la ilegalización de los sindicatos. Tanto el derecho a la sindicación como a la huelga quedarían invalidados sin necesidad de abolir dichos derechos. Nos referimos a la adecuación del salario a la productividad de cada trabajador, como proponen los tecnócratas. Al respecto, la propuesta de Pablo Vázquez, director de la Fundación de Estudios de Economía Aplicada (FEDEA) es muy elocuente, cuando apunta que los convenios fijen las condiciones general de trabajo –seguridad, salud, vacaciones, turnos- y los salarios se queden en el ámbito individual: “No tiene sentido que mucha gente haya visto cómo sus sueldos se incrementaban entre un2 y un 3% durante la crisis y que dos millones de personas se hayan ido a la calle”. Por eso, en épocas de crisis “habría que haber cobrado menos y trabajado un poquito menos”, algo mucho más asumible que ir al paro…”

De esta manera se acabaría de un trazo con los Comités de Empresas y con el mayor motivo que tienen los trabajadores para ir a la huelga. Los trabajadores entrarían en una competencia brutal entre ellos y, difícilmente por no decir que sería imposible, se pondrían de acuerdo para ir a la huelga por cuestiones de seguridad, salud, vacaciones y turnos, que en la mayoría de los casos pueden formar parte del incentivo del salario individual como factor de impulso de la productividad de cada trabajador.

Todos sabemos que los tecnócratas se lanzan primero con sus propuestas para abrir debate, para llevar al ánimo de los afectados la necesidad de que se apliquen las medidas en cuestión. En este caso, el bajísimo grado de conciencia de clase de los trabajadores abre brecha en el egoísmo de un porcentaje importante de ellos, luego el contagio es lógico porque se traducirá en que cuanto más sumisión, entrega y nivel de esquirol que realice, “mejor salario”; algo que nunca puede llegar pero que mantiene viva la “ilusión” por conseguirlo.

Se trata del paso definitivo para aniquilar toda posibilidad de regenerar el movimiento obrero y popular: los comités de empresas elegidos directamente por los trabajadores, último signo de “su derecho democrático” quedarían invalidados, por supuesto sin haberse abolido.

Una vez más tenemos que decir que ya no podemos lamentar más nuestras desdichas por las traiciones. Ya es hora de que todos los que nos sentimos revolucionarios o de izquierda tomemos carta en el asunto. En todo momento y a toda costa debemos fomentar la unidad aunque sean con mínimos comunes que nos sirvan para realizar un frente lo más amplio posible. Partidos Políticos, sindicalistas, trabajadores en general, todos los que no estamos de acuerdo con la situación, debemos forzarnos para frenar al fascismo farsante y a los demócratas hipócritas.

Nuestro frente de lucha debe operar dentro de los sindicatos, cuyo fin principal e inmediato es desbancar a las direcciones traicioneras. En los centros de trabajo, potenciando comités conscientes, unirlos en amplias asambleas, en las que tengan cabida no solo los comités, también delegados y trabajadores y a la par convencer a las organizaciones sociales, de barrios, ciudades, etc, para formar un FRENTE UNICO DEL PUEBLO que movilice a las clases populares.

El Partido Comunista Obrero Español está dispuesto a dialogar y debatir hasta la saciedad por llegar a semejantes acuerdos que consideramos vitales para la defensa de las libertades y derechos del pueblo trabajador.

 

¡ POR LAS ASAMBLEAS DE COMITES, DELEGADOS Y TRABAJADORES!

PARTIDO COMUNISTA OBRERO ESPAÑOL (PCOE)